El aprendizaje de la lectura

“La lectura es necesariamente una actividad estrechamente vinculada a la totalidad del individuo, a lo que es, a lo que vive, a su proyecto actual. Leer es haber escogido buscar algo; amputada de esa intención, la lectura no existe. Puesto que leer es encontrar la información que uno escoge, la lectura es, por naturaleza, flexible, multiforme, adaptada siempre a la búsqueda. No existen grados de lectura, lecturas que sean mejores que otras; saber leer es poderlo hacer todo cuando uno lo desea y el texto lo permite… Aprender a leer es, pues, aprender a explorar un texto, lentamente cuando se desea, muy deprisa cuando se desea así: es aprender a adaptar la propia búsqueda al propio proyecto. Esto no es un lujo que se adquiere al saber leer, ya que es la lectura en sí misma”.

Jean Foucambert.

Cuando un pequeño nace, el mundo no se para, ni frena su ritmo, ni simplifica sus funciones para que aquel pueda entenderlo mejor. Y sin embargo, el niño y la niña son capaces de captarlo y comprenderlo poco a poco, haciendo surgir el orden de lo que al principio debe ser para ellos un gran caos. Es por ello que cualquier intento de presentarles a los pequeños un mundo diferente, “más sencillo”, sería un atentado contra su inteligencia. Las cosas son percibidas tal cual son y ejerciendo la función para la que han sido creadas.   Lo escrito, que también forma parte de la vida de los niños desde pequeñitos, no escapa a este proceso y por ello desde muy pronto  atribuyen significado a los signos gráficos que observan. Los propios padres deberían empezar a plantearles la relación que existe entre las palabras escritas (estamos rodeados por todas partes de mensajes gráficos) y su significado. De esta forma darían a sus hijos muchos más recursos para avanzar en  “la interpretación de lo escrito”.  Si todos los padres actuasen así, habría bastantes niños y niñas que llegarían a la escuela sabiendo leer muchas palabras. Entonces la función de los maestros consistiría, simplemente,  en ir aumentando cada vez más este vocabulario gráfico significativo, a través de actividades relacionadas con la vida de los pequeños.  En la actualidad, sin embargo, el niño llega a la escuela con un retraso considerable, puesto ya de manifiesto por autores como Glenn Doman y Rachel Cohen en diversas investigaciones.
No obstante, el niño, tal como hemos dicho antes, va realizando su propia interpretación de lo escrito independientemente de que los adultos le ayuden o no a ello. Es posible, incluso, que esta ayuda fuese más negativa que positiva, puesto que para la mayoría de las personas mayores el aprendizaje de letras y sílabas es previo a la lectura propiamente dicha. En cualquier caso, lo que debe hacer la escuela desde el momento en que el niño o la niña entran en ella, es facilitar al máximo el desarrollo de sus propias estrategias de aprendizaje. Actividad esta que, en el caso concreto de la lectura, sólo será posible si se les presentan palabras y frases con significado, tal como las han ido encontrando desde pequeñitos. Convertir las actividades diarias de los niños en recursos escolares (junto con algunos otros como la  correspondencia, las salidas y visitas al exterior de la escuela para ver las cosas tal como son y conocer su utilidad real, el texto libre, etc.) es el mejor medio para que la lectura y la escritura sean realmente aprendizajes naturales. Hoy día siguen perfectamente vigentes las propuestas de pedagogos como Freinet y los componentes del MCE italiano; sobre todo, después de las nuevas aportaciones hechas por Jean Foucambert en la  línea del aprendizaje funcional. Incluso con anterioridad a estos autores existen ya  experiencias suficientes como para sentar las bases de una metodología global-natural de la lecto-escritura. Ciertamente, la imprenta escolar de Freinet ha quedado superada por los actuales ordenadores, pero éstos no hacen sino confirmar y profundizar en el espíritu que aquella aportaba  a la pedagogía de la lectura y la escritura. El maestro o la maestra que desee plantear el aprendizaje  de las mismas mediante la metodología natural, tendrá  en el ordenador un valioso aliado y un instrumento importantísimo de trabajo.
Pero ello no significa que el ordenador sea imprescindible en una clase que funciona con la metodología natural, como tampoco lo era la imprenta. Y es que la citada metodología  tiene una gran ventaja sobre otras: no depende de un material concreto o de un instrumental determinado, o de unas actividades obligatorias, ni tampoco necesita seguir unos pasos específicos.
Es como la vida misma: espontánea, rica, llena de matices diferentes, imposible de sujetar entre las cuatro paredes de una clase. Los que trabajamos con la metodología natural tenemos muy claro que se trata de una línea de actuación totalmente abierta que varía de acuerdo con las características de cada grupo. La actividad  viene siempre marcada por los intereses de los niños y niñas y por la propia dinámica de la clase. Todo lo que sucede  que tenga que ver con los alumnos y alumnas puede y debe ser aprovechado: las relaciones con otros niños y niñas, su cuerpo, su familia, su salud, su alimentación, su casa, su calle, su barrio, su pueblo, su ciudad, sus viajes, sus gustos, sus miedos, sus fantasías, sus sueños… Y de cada uno de estos temas se pueden hacer multitud de subdivisiones hasta conseguir un aprovechamiento exhaustivo de los mismos. Las técnicas e instrumentos de trabajo serán igualmente variados, de acuerdo con los medios de que dispongamos; pero no hay ninguna técnica ni ningún instrumento que sea imprescindible.  Lo fundamental, lo imprescindible,  sigue siendo el niño y la niña. Ellos, junto con el profesor o profesora serán los que den contenido a la metodología natural. Si a través de la lectura y la escritura pueden expresar sus opiniones, sus emociones, sus gustos, sus miedos; si pueden comunicarse entre sí, con sus familiares y amigos, con el resto de la sociedad; si con ellas son capaces de extraer las informaciones que necesitan e interpretarlas de manera inteligente para su propio aprendizaje, diremos que las están utilizando en la forma correcta, la cual no es otra que  servir como instrumentos de  comunicación humana.  Una de las maneras para conseguir que los alumnos y alumnas encuentren sentido y utilidad a la lectura y la escritura  será la de convertirlos en productores de textos. Cuando el niño y la niña descubren que son capaces de crear sus propios escritos, se sienten mucho más motivados porque el trabajo de creación los valora y los equilibra afectivamente. Según las actividades que realicen, podrán hacer frases:

Sergio corre a tope

Hemos plantado un  árbol

Ayer comimos la mona en el campo

Adivinanzas:

Soy redonda y voy al fútbol. ¿Quién soy? (la pelota)

Sirvo para la comida, la moto y el coche. ¿Quién soy? (el aceite).

Pequeños textos:

El practicante
Cuando el practicante me pone una inyección dice:
-¡Sopla, sopla! Y yo no lloro.

El tío Casimiro
­Se ha muerto el tío Casimiro! Y ahora, ¿quién
nos inflará  las pelotas? ¿quién nos arreglará  los zapatos?
Se tumbó en la cama porque estaba resfriado y se murió de golpe.
Le faltaba poco para cobrar el retiro.

La lluvia
Hoy es un día muy bonito porque está lloviendo. Aunque no puedo jugar, estoy contento, porque esta lluvia es muy buena para el campo y la huerta. El sembrado del monte se estaba muriendo, y ahora, con la lluvia, crecerá  muy alto y bonito.
Así podremos cosechar.
¡­Viva la lluvia!

Cuentos:

La niña y el conejo
Érase una vez una niña que iba al monte a cazar con su padre. La niña vio un conejo y le dijo a su padre:
-¡­Mira, papá, un conejo!
Su padre lo quiso cazar pero no pudo porque se había escondido detrás de unos  árboles. Siguieron otra vez el camino hasta el monte y, cuando llegaron, empezó a llover mucho y no pudieron cazar nada.

Poesías:

En un jardín
hay una rosa
tan hermosa que
siempre que paso
la voy a visitar.

La rana salta
la rana canta,
puede hacer circo
y hacer reír
a la gente que quiera. ­
Viva la rana circolera!

Tengo una mariposa
que vuela tan alto
que toca el cielo.

Podrán incluso construir sus propios libros al ir trabajando los diversos temas que surjan a lo largo del curso. Libros que serán confeccionados gracias a las aportaciones de toda la clase, con textos seleccionados y construidos por los alumnos y alumnas con la ayuda del profesor o profesora. Libros cuyos textos, obviamente, no ofrecerán dificultades de comprensión para  la clase. En definitiva, la metodología natural para el aprendizaje de la lectura y la escritura seguirá  siendo aplicable siempre porque no se trata de un método en sentido estricto. Es un planteamiento pedagógico  cuyo principal objetivo es conseguir que la vida de los alumnos y alumnas entre a formar parte de la escuela y para ello utiliza las técnicas e instrumentos de trabajo que tiene a su mano en cada momento.
Ahora bien,  ¿cómo aprende el niño y la niña a leer? ¿Cuándo podemos decir que sabe leer? Explicaremos el proceso que siguieron nuestros alumnos desde que nos hicimos cargo de ellos en párvulos de cuatro años.
El niño y la niña son capaces de atribuir significado a las palabras y las frases desde el primer momento, sin necesidad de conocer las letras que las forman ni de saber discriminar los sonidos de que constan. Es un proceso por el que pasan muchos niños y niñas antes de llegar a la escuela. Es como la lectura de la imagen: asocian un significado a unos signos gráficos. Pues bien, aunque muchos adultos no se lo crean, eso ya es leer. Y si la palabra de que se trata contiene un significado que liga afectivamente al pequeño (su nombre, el de su amiguito o amiguita, los nombres de sus padres y hermanos…), entonces la aprenderá con más rapidez, independientemente de su tamaño.
Al trabajar con palabras y frases significativas, el niño y la niña se fijan con mayor atención en su forma y composición (la imprenta antes y ahora el ordenador, son muy importantes para mostrar la forma y la composición, letra a letra, de las palabras) y muy pronto descubren que las letras y grupos de letras se van repitiendo con mucha frecuencia: la D de David también está en Desiré; la ca de Mónica también aparece en Verónica… En los primeros momentos harán los descubrimientos sin ni siquiera conocer el nombre de las letras: “Esta letra de la Desiré está también en mi nombre”, comenta David, a propósito de la letra D).
De esta forma empiezan también a tomar conciencia de la estructura del lenguaje.
Excepto las palabras que conocen porque los ligan afectivamente, las demás que aparecen en las frases no suelen reconocerlas fuera del contexto: tienen que verlas todas juntas, formando la frase trabajada, para poder leerlas; de ahí que se haga un gran trabajo de lectura y ordenación de frases y sus elementos, para que los vayan aprendiendo y para que capten el orden correcto en el contexto global de la frase (construir una frase, leerla, escribirla, trocearla en palabras o grupos de significado, ordenarla correctamente, volver a leerla…).
Dado que al principio harán una captación global del significado de las frases, aprendiéndoselas de memoria, para identificar visualmente y oralizar correctamente las palabras de cada frase, habrán de comenzar por el principio de la misma adecuando los golpes de voz a cada palabra para hacer la correspondencia sonido-grafía (se trata de una correspondencia sonido-palabra, no se discrimina hasta la sílaba, puesto que ésta no tiene significado por sí misma). Es como una especie de juego, para reconocer oralmente las palabras. Pero se realiza siempre sobre frases y palabras que han sido trabajadas previamente en todo lo concerniente a su valor significativo. De esta manera se produce una lectura de la imagen, para que las palabras vayan quedando grabadas en la memoria visual de los niños y niñas.
Por ejemplo, sea la frase, “Me gusta subir a los caballitos”, que fue aportada por una alumna llamada Verónica; si le pedimos a un alumno que identifique la palabra “subir”, señalándosela con la mano y él no se acuerda, le invitaremos a que empiece la frase por el principio, de manera que cuando llegue a “subir”, la diga, dado que conoce la frase de memoria por haberla trabajado con anterioridad. Al principio, solía pasar que decía “subir” cuando estaba en “gusta”, o en “los”, o en cualquier otra, por lo que había que explicarle que, aunque la frase exprese un pensamiento completo, cada palabra tiene una función, una pronunciación, e incluso, una posición propias, de manera que no se pueden alterar si queremos preservar el significado.
Poco a poco, el niño y la niña van conociendo cada vez más palabras hasta que son capaces de leer pequeños textos construidos en clase. Entonces, cuando encuentran alguna palabra que les es desconocida o que no recuerdan, suelen atribuirle un significado “por el sentido global de la frase”: se paran, la miran, piensan, y si no les sale buscan un sinónimo que la pueda sustituir, o bien otra palabra cuyo significado encaje con el global de la frase.
A modo de ejemplo, veamos algunas soluciones encontradas por nuestros alumnos y alumnas:
Leer “La gallina y el gallino” en vez de “La gallina y el gallo” (Vanesa).
Leer “El pececito quiere escapar” en vez de “El pececito se quiere salvar” (Desiré).
Leer “Me cuelgo de un árbol así” en vez de “Me cuelgo de un árbol de esta manera” (Antonio José).
Leer “Los para sentarse” en vez de “Los asientos” (Irene).
Leer “Los mayores repartieron” en vez de “Los mayores vendieron” (Noelia).

La lista de sustituciones es interminable, puesto que, cuando el niño y la niña realizan una lectura comprensiva, suelen usar sus propias estrategias ante las dificultades que les presenta el texto. Y cuando no encuentran una solución aceptable desde su punto de vista, preguntan a algún compañero o al profesor, para que les solucionen el problema.
A veces conocían la palabra pero no recordaban su pronunciación, porque les resultaba difícil: “Ya sé lo que quiere decir, pero no me sale” (piticlinear, fotógrafo, maquillaje…).
Y llega un momento en que el niño y la niña, que conocen ya un número importante de palabras y son capaces de leer cuentos y otros textos no confeccionados en clase (siempre, claro está, que las palabras nuevas que aparezcan en dichos textos no superen su capacidad de comprensión), descubre el mecanismo de lenguaje y es capaz de descifrar y decir los sonidos de todas las palabras. Pero como está acostumbrado a que la lectura sea para él una actividad significativa, se esfuerza en comprender lo que lee y sustituye o pregunta cuando encuentra una palabra que no conoce.
Este proceso de aprendizaje no tiene nada que ver con los procedimientos que basan la lectura en el conocimiento de letras y sílabas como paso previo a la lectura. Cuando el niño o la niña leen de verdad, cuando comprueban que los signos gráficos sirven para expresarse, para comunicarse, para conocer lo que piensan los otros, afrontan el esfuerzo con una gran motivación. Efectivamente, lo más importante para nosotros, lo que nos animaba a poner cada día más entusiasmo en nuestro trabajo, era el alto grado de interés y la motivación que observábamos en el alumnado. El tiempo dedicado a la lectura era esperado por todos con impaciencia; se ayudaban entre ellos constantemente y existía un alto clima de cooperación en la clase y un gran afán de superación personal. Algunos comentarios que fuimos anotando en sus fichas personales, reflejan claramente este gusto por la lectura que estamos comentando:

Verónica: Maestro, ¡me encanta leer los textos!
Arián: ¡Escuchad éste, que es muy triste! (se refería a La casita de chocolate, y nos había pedido leerlo en voz alta para la clase).
Antonio José: ¿Sabes por qué quería empezar hoy con la biblioteca? Porque viene mi abuelo de Córdoba. Ya verás mi madre. ¡Pegará un salto que llegará al techo! (empezaba a leer cuentos “comprados” de la biblioteca de aula, después de haber leído las series de textos y cuentos confeccionados por nosotros en clase).

Pero el descubrimiento del mecanismo del lenguaje (la capacidad para descodificar cualquier palabra) puede convertirse en un freno a la comprensión, sobre todo si el adulto deja de contemplar este objetivo en la lectura y se conforma con que el niño o la niña “diga” las palabras sin comprobar si el texto ha sido entendido o no. El profesor deberá tener mucho cuidado y trabajar la comprensión de forma específica, presentando textos al alumnado que sean comprensibles por su vocabulario y motivadores por su contenido. Si conseguimos que el alumnado quiera leer, que desee conocer la información contenida en los textos, habremos ganado la batalla de la lectura.
Vemos, pues, que el aprendizaje de la lectura es un proceso que no se acaba nunca; empieza cuando el niño y la niña son capaces de captar por primera vez en su vida el significado de una palabra reconociéndola por los signos gráficos que la forman, y continúa cada vez que se encuentra (incluso en edad adulta) ante una palabra cuyo significado desconoce.

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