Los deberes escolares

He aquí un tema de debate permanente. ¿Hay que poner deberes a los alumnos o no? ¿Es suficiente el tiempo que se está en la escuela para aprender lo que se exige en cada nivel o hace falta un refuerzo de trabajo en casa? ¿Hay deberes buenos y deberes malos?
Nos encontramos ante uno de los aspectos más controvertidos de la acción educativa escolar y, precisamente por ello, las posiciones son diversas y claramente contrapuestas en algunos casos.
Desde la famosa circular de la Dirección General de EGB, publicada por el MEC, en el año 1983, en la que se recomendaba la supresión de los deberes, ha llovido mucho, pero la situación continúa exactamente igual.
De vez en cuando, alguna revista de pedagogía, dedican un número especial al tema y ofrece diferentes posiciones ante él, pero en éste, como en otros muchos aspectos cuando se trata de la escuela, las cosas continúan igual. No se avanza.
El mundo a nuestro alrededor evoluciona, las nuevas tecnologías crean nuevos campos laborales, nuevas profesiones, nuevas maneras de comunicarse, la mecánica crea nuevos motores, nuevas máquinas, la medicina avanza en la curación de enfermedades que hasta hace poco eran incurables, se profundiza en medicinas alternativas, en energías alternativas, etc. Todo evoluciona y cambia; nada permanece estable. Sin embargo, en lo que afecta a la escuela, nos encontramos inmersos en un debate permanente, en donde las posiciones se enquistan cada vez más y, en consecuencia, nada cambia y todo permanece. La mala aplicación de la Reforma y la aparición de la mal llamada ley de Calidad ha reavivado nuevamente la polémica, no sólo en torno a los deberes, sino en todo lo que concierne a la enseñanza. La discusión es particularmente violenta en los niveles de la secundaria obligatoria. Pero así como en otros campos de la discusión suele salir la luz, en el mundo de la educación de la discusión lo único que sale es el empeoramiento de las condiciones de aprendizaje para el niño y la niña. Las escuelas, los institutos y la universidad son instituciones cada vez más anacrónicas, debido, precisamente, a su incapacidad para adaptarse a las nuevas necesidades de aprendizaje de los alumnos.
Volviendo al tema que nos ocupa, el de los deberes escolares,  a raíz de la circular del MEC, apareció en la revista GUIX (en el número 92, junio de 1985), un artículo firmado por Emili Bernadó, en el que denunciaba los deberes como “algo que tradicionalmente ha tenido i continúa teniendo un sentido peyorativo i rutinario a causa de las tareas que con este nombre se encargan a los alumnos: ocupar el tiempo libre, contentar a los padres y, en algunos casos, como un puro y simple castigo”. En otro momento de su artículo los califica como elemento de competición utilizado por la escuela privada, para dar la sensación de que es más seria y que se trabaja más que en la pública… En definitiva, los calificaba de mecánicos y rutinarios, elemento exclusivo de memorización, que no dejan de ser la prolongación de un cierto tipo de escuela poco activa e individualista.
En enero de 1994, la revista Perspectiva escolar, publicó un número (el 181) dedicado a los deberes (“Deberes sí, deberes no”) en el que se ofrecían diversas posturas al respecto. No obstante, la mayoría de los articulistas acababan aceptándolos como necesarios, aunque reconvertidos y con muchos cambios en su planteamiento digamos, “filosófico”.
En uno de los artículos, Ignasi Riera, un conocido político y conferenciante, expresaba claramente su rechazo a los deberes que se mandan durante las vacaciones de verano: “No me acabo de creer los argumentos sancionadores y canónicos que tratan de demostrar la importancia de los deberes durante las vacaciones y los fracasos que comporta su incumplimiento. En edad joven, todo es aprendizaje, experiencia, sensación inédita, energía renovada. ¿Qué pueden aportar unos deberes hechos a contracorriente de la formación civico-sentimental del niño?”.
Toni Creus, de Sabadell, en otro artículo, hacía una reflexión que nos parece bastante interesante: “No hay deberes buenos. Tanto si se trata de trabajo individual como colectivo, como de búsqueda de información, o investigación, o hacer encuestas, o estudiar… todo son deberes. No os dejéis engañar por el cambio de nombres que realizan los profesores para disimular. El trabajo de campo, las encuestas, las consultas a bibliotecas… todo ello son deberes; y si además, se han de hacer en grupo, mucho peor, porque hay que ponerse de acuerdo entre varios alumnos, lo cual suele ser complicado. Tratándose de deberes es preferible el trabajo individual porque puedes hacerlo cuando te parece sin necesidad de depender de nadie”.
En abril del mismo año es la revista GUIX la que trata el tema de los deberes, en “El recull de Guix”, separata número 198. Las conclusiones son parecidas a las de Perspectiva, pero había un artículo firmado por Ferran Miquel, que nos parece particularmente interesante y con el que nos identificamos bastante. Según él, “los deberes forman parte de un concepto de escuela y de enseñanza determinado, que actualmente está o debería estar en revisión, por desfasado. Por tanto, el tema de fondo no está tanto en los deberes, que son un efecto, sino en buscar un modelo de escuela que sepa satisfacer las necesidades actuales de los alumnos”.
Este es el tema. Los deberes son sólo un eslabón más de una cadena que lleva a los alumnos y alumnas al rechazo de la escuela. Es cierto que en primaria y secundaria encontramos alumnos que aceptan los deberes, incluso los consideran necesarios; pero no son los alumnos los que están capacitados para juzgar si son necesarios o no. Cuando no se conoce otra manera de aprender, se acepta como válido lo que se tiene. Los alumnos aceptan las explicaciones, el estudio memorístico, los deberes, como partes del funcionamiento escolar. Los padres y los profesores les repiten continuamente que son necesarios para aprender y ellos no están en condiciones para hacer una reflexión crítica sobre ellos. Por ello, cuando se les pregunta su opinión, en general vienen a dar la razón a padres y educadores. Pero lo cierto es que el sistema, su desarrollo, lleva inevitablemente a un rechazo generalizado. Los alumnos, aceptan las explicaciones del maestro, pero se aburren y desconectan rápidamente cuando llevan cinco minutos escuchando. Aceptan que para aprender es necesario estudiar, pero ninguno (o muy pocos) estudia para aprender sino para aprobar; el estudio es tan aburrido, tan poco creativo, tan mecánico, que los alumnos acaban memorizando el texto, sin preocuparse de si lo entienden o no, entre otras cosas porque, normalmente, el profesor o profesora tampoco les va a pedir una reflexión sobre lo estudiado, sino pura y simplemente su repetición. Igualmente aceptan los deberes como necesarios para reforzar su aprendizaje pero ello no impide que les cueste una enormidad hacerlos, que se hagan de rogar por sus padres y esperen al último momento, e incluso que hagan trampas o los conviertan en objeto de mercadeo. En definitiva, se acepta como inevitable que el aprendizaje supone aburrimiento, actitud pasiva y obediente, memorismo, deberes repetitivos, horas de trabajo no deseado en casa… Es decir, exactamente todo lo contrario de lo que debería ser un correcto aprendizaje.
Por otro lado, son también muy pocos los niños o niñas capaces de hacer los deberes con autonomía, es decir, sin la ayuda de nadie. Por lo tanto, los deberes también hipotecan el tiempo de muchos padres y madres que no disponen de demasiado, precisamente. Es por ello que, con bastante frecuencia, la solución consiste en buscar una hora o varias de repaso a la semana para que el chico o la chica los haga.
En el caso de los alumnos y alumnas que realizan actividades extraescolares (ya sean deportivas o de prolongación del curriculum, como inglés, música, etc.) el tiempo para el trabajo escolar se reduce considerablemente, con lo que a veces nos encontramos a niños y niñas que no se van a dormir antes de las doce de la noche por culpa de los dichosos deberes.
“Todo el aparato administrativo de la escuela funciona sobre las coordenadas: deberes, lecciones, obligaciones, controles, sanciones, recompensas y castigos. Parece como si los adultos estuviesen persuadidos de que sin estas pesadas obligaciones ningún progreso escolar ni ninguna cultura se pueden conquistar”. 1
Este es el panorama general. Era así a principios del siglo XX,  en 1983, en 1994 y también lo es en la actualidad.
Pero, ¿debemos resignarnos y pensar que no hay alternativa?
De ninguna manera. Existen alternativas, claro está. La pedagogía nos ofrece experiencias en las que se demuestra claramente que se puede trabajar de otra manera, con otra lógica, con metodologías que consiguen que el niño aprenda sin necesidad de que se aburra o de que sienta rechazo por lo que hace.
“Tenemos el convencimiento pleno de que todo trabajo impuesto resulta antipedagógico y acarrea consecuencias muy graves para el futuro de los chicos: en primer lugar, por ese procedimiento se aburren y no aprenden nada; en segundo lugar, suscitamos su odio al estudio y a la escuela, matamos su iniciativa y agostamos desde muy temprano su enorme curiosidad exploradora. Decimos no a los deberes porque son una tortura, lo más contrario a la frescura de los niños y lo más opuesto al desarrollo de su inteligencia”. 2
Sin embargo, a muchos profesionales de la enseñanza les puede resultar imposible cambiar su metodología de trabajo, o pueden pensar que las experiencias de pedagogos como Félix Carrasquer, Freinet, Decroly, Pestalozzi, y tantos otros, son meras excepciones en un mundo (el de la enseñanza) marcado por la rutina, la repetición, la disciplina y los controles.
Pero no es tan difícil. En primer lugar, hemos de confiar en nosotros mismos, en nuestra capacidad para dirigir con profesionalidad el aprendizaje de nuestros alumnos y desconfiar de todos aquellos que nos hacen las cosas tan fáciles que nos convierten en meros transmisores de contenidos. Si no nos vemos con recursos suficientes para trabajar con materiales alternativos, elijamos un libro de texto, el que más nos guste, pero lancemos las guías didácticas y los solucionarios a la basura. Estos materiales son una trampa que nos embrutece y aborta nuestra iniciativa y nuestra capacidad creativa.
Hagamos nuestro propio programa de trabajo contando con todos los materiales a los que tengamos acceso desde la escuela. El libro de texto se convierte así en un recurso más de los muchos que podemos utilizar (y comprobaremos que no es precisamente el mejor).
Elijamos ejercicios del libro, pero también otros creados por nosotros (se puede trabajar en equipo con otros compañeros) para utilizar los otros materiales y dediquémonos a hacerlos en clase. Puede haber ejercicios individuales, por parejas, colectivos, pero trabajemos en clase y convirtámonos en ayudantes, en expertos que dan pistas o que abren caminos, pero no en examinadores ni en correctores. Si el trabajo se hace en clase no se necesitan correctores, porque se corrige al mismo tiempo que se hace. Tampoco se necesitan explicaciones, los alumnos se ponen directamente a la faena y, si tienen dudas o no entienden algo, ya lo preguntarán al maestro. Siempre hay alumnos que entienden las cosas por sí solos, sin necesidad de explicaciones. Si la clase se convierte en un lugar de trabajo, el maestro puede ver perfectamente cómo funcionan todos los alumnos, su capacidad para entender, su capacidad de trabajo, si es cuidadoso o no, etc.; y entonces tampoco será necesario recurrir al examen para poder valorarlos. Cualquier persona que ejerce un trabajo, en cualquier empresa, conoce el rendimiento de sus compañeros. Y cualquier encargado sabe cómo son los trabajadores que tiene a su cargo, sin necesidad de examinarlos continuamente. No pretendemos convertir en absoluto este argumento pero, en cualquier caso, es mucho más fiable la valoración que se hace después de observar cómo trabaja una persona durante un cierto tiempo, que si lo confiamos todo a un examen. El examen nunca dice la verdad de la persona examinada, primero porque afecta poco o mucho a su estado nervioso haciendo que disminuya su rendimiento, en segundo lugar, porque su resultado depende en buena parte del azar y, en tercer lugar, porque la valoración siempre es subjetiva. En más de una ocasión se ha hecho la prueba de que personas diferentes hayan corregido el mismo examen y el resultado (no es broma) ha ido desde el suspenso al aprobado con buena nota.
Si lo que hacemos en clase es trabajar, nos ahorraremos el tiempo de explicar, de corregir y de hacer exámenes (aunque se pueda hacer algún control de vez en cuando). Conseguiremos conocer mucho mejor a nuestros alumnos, los podremos valorar con mucha más fiabilidad, descubriremos que la mayoría son unos grandes trabajadores y, por encima de todo, dos cosas: aprenderemos trabajando (que es como realmente se aprende) y no nos aburriremos en clase (ni los alumnos ni los profesores).
Las personas que desarrollan una actividad laboral, sea cual sea, la desarrollan en su lugar de trabajo. Sólo excepcionalmente (y según la profesión que se tenga) se lleva parte del trabajo a casa. Se trabaja en el taller o en la oficina, o en la tienda, o en la parcela, etc., y si no se acaba una faena, se continúa al día siguiente. Además, si observamos el mundo fuera de la escuela, vemos que nadie ejerce su actividad estudiando de memoria. El historiador no estudia los documentos históricos de memoria, sino que los lee, los interpreta, los compara con otros y escribe sus conclusiones, que no dejan de ser siempre personales. El abogado no estudia el código de memoria, sino que lo lee y lo interpreta para que el juez le dé la razón en su argumentación. Precisamente, lo menos importante del código (y, por extensión, de cualquier ley o norma) es su literalidad. Y no hablemos de profesiones en las que la actividad no se centra en documentos o textos escritos.
Sin embargo, la escuela es diferente. No suele funcionar como un lugar de trabajo. La mayor parte del tiempo se emplea en explicaciones del maestro, corrección de deberes, preguntas sobre lo estudiado, exámenes. Se gasta tanto tiempo haciendo controles que apenas queda espacio para el aprendizaje.
Lo que nosotros proponemos no supone romper en mil pedazos lo que se hace en la escuela. Se trata de eliminar algunas actividades que se han demostrado inútiles y convertir a los niños y niñas (o los chicos y chicas) en seres activos, en trabajadores y constructores de su propio aprendizaje.


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